Masonería

 


 


SÍMBOLOS MASÓNICOS

Autor " DR CARLOS  RAITZIN "

 

Los símbolos constituyen la llave maestra para pasar de lo físico y sensible a lo invisible y metafísico y por ello debemos referirnos a ellos con cierto detalle.

Etimológicamente símbolo deriva de un vocablo griego: symboleion, el que alude a dos mitades hechas para reunirse. Nos recuerda esto a los viajeros de la antigüedad que obsequiaban a su anfitrión media medalla como testimonio de gratitud tras ser alojados y conservaban la otra mitad. Eso tenía por objeto de que, en el futuro, al serle presentada esa media medalla pudiera el viajero o bien sus familiares retribuir en su propio hogar la hospitalidad recibida. Y así el símbolo pasa, en nuestro lenguaje, a ser advertencia para la captación de un sentido que surge al descifrarlo.


Con esto logramos comprender así el mensaje que contiene pero lo esencial es que el símbolo mismo actúa como catalizador, como un activador de nuestra psique para llevarnos al conocimiento. El símbolo así descifrado pasa a ser signo o emblema (Carl Gustav Jung) o, simplemente, señal.

El mundo moderno ha perdido en gran medida el sentido del símbolo como camino privilegiado para elevarse a lo invisible es decir al conocimiento metafísico a partir de lo visible y tangible.

Existe una clasificación de los símbolos que ha prevalecido hasta hoy y que se remonta a Dante Alighieri (nos remitimos a su obra "Il Convivio"). Esa clasificación agrupa a los símbolos en cuatro grupos que pasamos a detallar sucintamente. El primer grupo corresponde a los símbolos literales. Corresponden a este grupo los textos o mensajes escritos en cualquier idioma, las expresiones matemáticas o lógico-simbólicas y las representaciones figurativas. Desde luego en este caso hay un mínimo de dificultad en la comprensión de tal símbolo para quien conoce el idioma o bien el lenguaje matemático o lógico. A este tipo de símbolos correspondería llamarlos directos.

Pasemos al segundo grupo, el de los símbolos alegóricos. La alegoría es una metáfora o sea un lenguaje analógico indirecto. Proviene el vocablo del griego allos: otro y agoreno: hablar, arengar. O sea, en suma, hablar de otro. Estos símbolos evocan en nuestro espíritu una idea a través de una asociación ya mitológica, ya tomada de la vida diaria. Como ejemplos podríamos citar el cuerno de la abundancia, el olivo por la paz, el caduceo del dios Hermes-Mercurio simbolizando al comercio, la paloma que alude según el caso al Espíritu Santo o a la paz o a la mansedumbre, el león como emblema del valor, los hieroglifos de Marte y Venus significando a los sexos, las sandalias con alas de Mercurio o a su casco alado en referencia a las comunicaciones, la cruz en referencia a lo cristiano. Incluso cuando nos valemos del prosaico signo $ hacemos alegoría pues se trata de un caduceo mal dibujado, cosa propia de Mercurio, dios del comercio.


Mencionemos con particular fruición que los símbolos astrológicos caen en este segundo grupo de indicadores

 alegóricos pero que son mucho más que eso. En efecto los astros nada causan por sí mismos en cuanto a los destinos humanos individuales o colectivos, siendo precisamente indicadores alegóricos macrocósmicos o celestes en correspondencia perfecta con el acaecer microcósmico o propio del ser humano. Solo los que desconocen lo referente a la Tradición Hermética insisten en ver a los astros como causa física del destino. El hablar como se hace de energías, ondas y vibraciones a nivel astrológico es consecuencia no solo de la ignorancia sino del materialismo de la época que insiste en referir absolutamente todo a la materia y a la energía: sus cultores son ignorantes que no son capaces de elevarse más allá de esto.

El tercer grupo es el de los símbolos tropológicos, o sea los que tienen particular énfasis en lo relativo a lo ético-moral. Proviene esto de tropos: cambio, logos: discurso. Cambiar la dirección o sentido del discurso. Los ejemplos son conocidos y algunos ya han sido mencionados incluso: la balanza como símbolo de equilibrio y justicia, la escuadra como símbolo de rectitud, el látigo representando al castigo, el águila como símbolo de elevación espiritual, la plomada como símbolo tanto de ajuste como de disciplina y verticalidad, el pelícano como símbolo de abnegación y sacrificio pues es fama que da de comer de su propia carne a sus polluelos en caso de necesidad y carencia.

 

Por último tenemos el cuarto grupo: el de los símbolos anagógicos. Este término proviene de ana: en alto, ago: conducir. Aquí nos encontramos con lo más interesante desde el punto de vista de la Tradición Primordial pues con y a través de este simbolismo se persigue la elevación de la conciencia y el acceder a lo metafísico e invisible a partir de lo manifestado y visible. Así tenemos que el Pentaclo (estrella de cinco puntas) representa al hombre que ha realizado la Suprema Meta. Otro símbolo en muchos sentidos análogo es el Hexagrama (estrella de seis puntas), el que representa la correspondencia y analogía entre el Macrocosmos y Microcosmos y, al mismo tiempo, simboliza a Dios que desciende hasta el hombre y mora en él y al hombre que se eleva interiormente hacia la Divinidad.

 


En relación a lo dicho sobre lo tropológico y el tropos o cambio cabe hacer una acotación que estimamos tan pertinente como descuidada por otros autores. El tropo en castellano no tiene el sentido que le hemos dado siguiendo a Dante sino el de empleo de las palabras en sentido figurado o alegórico. El tropo comprende, en la riqueza indudable de nuestra lengua, a tres aspectos o componentes que hacen al estudio del simbolismo. Esos tres componentes son la metáfora, la metonimia y la sinécdoque. La metáfora se relaciona muy de cerca con la analogía y la alegoría. Así la usamos cuando decimos rápido como un rayo, perspicaz como un lince o ladrón como un político. Se trata en suma de símbolos alegóricos ya mencionados y en esto no hay novedad.


 

La metonimia es un tropo que se comete al efectuar una inversión del orden natural de las cosas, tomando el efecto por la causa, al autor por sus obras o bien al signo o símbolo por la cosa representada. Ejemplos claros sería hablar de la risa por la alegría, de leer a Cicerón por leer las obras de Cicerón, del olivo o de la pipa por la paz. Vemos que estas son más cuestiones de prosodia y de sintaxis que de simbolismo propiamente dicho.

 


Por último mencionemos a la sinécdoque (del griego: synekdoché), que resulta lo más interesante para un simbolista: aquí se trata de un tropo en el que se toma la parte por el todo o bien el todo por una parte. Ejemplos directos los tenemos al hablar del acero por la espada, mil fusiles por mil soldados, el pan por todos los alimentos, la lectura por todas las lecturas posibles.


 

Pues bien, este tropo es cosa común y corriente en simbolismo: un solo atributo o característica representa a la virtud, o al dios o a la cualidad trascendente. Ya hemos visto ejemplos y veremos alguno más. Basta el garrote, símbolo de fuerza y ya evocamos a Hércules. Por supuesto la recíproca también es cierta y ello de igual modo es sinécdoque. Vale la pena tenerlo en cuenta pues este tropo y los otros dos son cosa muy frecuente en el estudio del simbolismo.

Otro problema de aparición continua son los símbolos polivalentes. En distintos campos el mismo símbolo puede representar cosas muy diferentes. El águila ya mencionada tanto alude a la elevación espiritual como a la bravura en el combate, el azufre representa tanto al ardor de la inteligencia como al demonio de las leyendas religiosas (para usar una expresión feliz de Jorge Luis Borges diremos que el demonio tiene el grave inconveniente de no existir). Podemos además que la serpiente simboliza tanto la más alta Sabiduría como a la astucia y, además, a la suprema maldad: por ejemplo en el medioevo eran comunes las representaciones de Cristo como una serpiente crucificada y por cierto en ello no había otra cosa que devoción. Este hecho exige que para interpretar a un símbolo en forma objetiva se tenga idea clara previa respecto del campo de la realidad al que se alude con él.



En suma, los símbolos de contenido metafísico no ofrecen su secreto si no existe una estricta preparación preliminar por parte de quien aspira a captar su contenido. Con lo dicho resulta claro que los símbolos son la llave que abre la Vía Regia al Conocimiento y, aún cuando resulte redundante, a las tres Artes Reales herméticas: Astrología, Alquimia y Teurgia.




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